
A los comercios no les quedó más remedio que abastecerse de monedas en el mercado negro donde se vendían por un 3% por encima de su valor nominal (se entregaban 100 pesos en billetes por 97 pesos en monedas). Otra solución consistió en dar la vuelta de la compra en caramelos.
Desde los medios de comunicación se plantearon varias causas del fenómeno. La posibilidad de que el valor nominal de las monedas fuera inferior al valor del metal no era consistente ya que, a pesar de la elevada inflación argentina, todavía no llegaba a ser rentable fundir las monedas. Más allá de las típicas teorías conspiratorias, la causa de desabastecimiento era tan sencillo como que el banco emisor argentino no había producido suficientes monedas para atender la demanda.
La razón por la que se incrementó la demanda de monedas fue el incremento de los precios. Este aumento en las pequeñas compras no desincentivó el consumo como probablemente lo hizo en las compras de mayor importe. Esto provocó que en el mix de utilización de dinero se incrementara el de monedas y disminuyera el de billetes de alto valor. Como el banco emisor no ajustó su producción al cambio de ese mix de la demanda se provocó la escasez.
La situación se resolvió mediante la emisión de mayor número de monedas por el banco central y por la introducción de tarjetas electrónica para el pago de los pequeños importes del transporte público. El uso de tarjetas de pago reduce considerablemente el coste del pago. Así se aumentó la oferta y se redujo la demanda para alcanzar el equilibrio.
Realmente el caso argentino no es novedoso. Un año antes ocurrió en Guatemala. El denominado gran problema del cambio pequeño se ha producido en varios ocasiones a lo largo de la historia. Así en la Gran Depresión se utilizaron patas de conejo, discos de madera y conchas como moneda. Durante en la Inglaterra de la revolución industrial, la Royal Mint había atendido las necesidades de la nobleza hasta ese momento pero fue incapaz de atender la explosión de demanda provocada por los nuevos negocios de la creciente burguesía y su mano de obra.
La popularidad de los economatos de las empresas era motivada por el deseo de ahorrar el uso de moneda en el pago de retribuciones. Ante esta situación, George Selgin nos cuenta en su Good Money la historia de una veintena de emprendedores que se decidieron a acuñar monedas privadas para atender esa demanda insatisfecha. Compitieron entre ellas para ganarse el favor del público generando confianza, permitían su canje por oro, facilitando su identificación con atractivos diseños e introduciendo innovaciones que dificultaran su falsificación. Posteriormente la empresa pública Royal Mint paso a ser el único proveedor de monedas. Curiosamente en la actualidad los billetes son fabricados por la compañía privada De La Rue.
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